Arte de tapa y diseño de interiores "El milagro del mono"
Autor: Pablo Vidal | Editado por Milena Pergamino
El milagro del “Mono” reúne elementos de la cultura popular argentina como el sueño de revivir a Gilda en un programa televisivo de talentos, un casete de Los redondos, o el mítico arquero de Boca, Navarro Montoya. Pero también lúgubres pasajes que oscilan entre Lovecraft y Poe. Pablo Vidal “fricciona” sus relatos con la literatura borgeana. No se trata de un homenaje, tal vez sea una respetuosa evocación por parte de un autor con voz propia que nos narra episodios de su tiempo, de otros más lejanos, si es que alguno de ellos existe.
“Estos cuentos se proponen dialogar con algunas de las ficciones de Jorge Luis Borges”, dice Pablo Vidal en el prefacio que él hizo para la primera edición. Es un concepto muy fiel a la realidad. Los catorce trabajos que componen aquel originario –y este segundo– parto de papel asumen el riesgo. Toda aproximación temática o formal al autor de “El aleph” pone a su escriba en un lugar incómodo; pasa a integrar la multitud de similares y, por lo tanto, a quedar bajo una exigente lupa de comparaciones y de análisis. El milagro del “Mono” rinde el examen con notas aprobatorias a través de un método que los lectores verificarán no sin sorpresa. La ternura es la encargada principal de llevar la atemporalidad de don Jorge Luis hasta un tiempo y un lugar determinado. Una vez en ese sitio, un ámbito pueblerino, el pulso literario de Pablo Vidal clarea las virtudes propias. Y la mayor de ellas es la manera de internarse en los sueños, en los espejos, en los desafíos, en los laberintos, en los vórtices cósmicos, para metamorfosearlos en una sencillez emocionante y cotidiana. Paradójicamente, la palabra “fricciones” titula (en la última, precedida por el adjetivo “otras”) las dos partes en que se divide este libro. Amén de aludir a la que usó Borges para rotular uno de sus más celebrados conjuntos de relatos, engarza la idea de contacto áspero, de toque chisporroteante. Esa tensión vibra a lo largo de los diferentes cuentos de Pablo Vidal como un hálito que remite a los célebres hechos y elementos ficcionales que les sirven de fuentes, pero no se revela con caprichos semánticos ni con petardos sintácticos; lo hace tranquilamente, al mando de una prosa alejada del cancherismo con el que muchos escritores de hoy subestiman a los que leen sus obras. Tal vez, esa “…telaraña infinita tejida por quienes escribimos y leemos…” (Vidal dixit) le deba su eternidad a una evidencia que León Tolstoi sintetizó en su archiconocido refrán: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”; los acontecimientos humanos se reiteran, tanto en el curso de la realidad como en el de las historias que la reflejan; solo varían las formas. El asunto es –y las catorce narraciones que integran El milagro del “Mono” lo demuestran– que las formas adquieran la solidez bastante para ser, por sí mismas, pinturas valiosas.
Juan José Oppizzi